Putin quiere olvidar las revoluciones de 1917

Según un reciente artículo de The Economist (Oct 26th 2017) el Gobierno de Rusia, presidido por Vladimir Putin, no está realizando grandes actos de conmemoración por el centenario de las revoluciones de 1917:

“Nekto 1917” is the title of the main display at the State Tretyakov Gallery in Moscow, dedicated to the 100th anniversary of the Bolshevik revolution. It is one of the few public exhibitions in Russia about the two revolutions in 1917: the first in February, which overthrew the imperial government, and the second in October, which swept the Bolsheviks to power.

Central Moscow’s prosperity bears few traces of those violent events. An exit from the metro station in Revolutionary Square leads to a street lined with designer shops such as Tom Ford and Giorgio Armani. In nearby Red Square tourists and rich Russians sip $10 cappuccinos and gaze at the mausoleum shrouding the embalmed body of Lenin. It is almost as though the events of 100 years ago no longer matter.

Parece ser que Putin está más identificado con la tradición imperial zarista, entiende que la conmemoración de la revolución puede suscitar la organización de la oposición:

Mr Putin’s emergence as a 21st-century tsar is not as odd as it seems. Andrei Zorin, a historian at Oxford University, points out that the legitimacy of the tsar lies not (or, at least, not entirely) in the bloodline or the throne itself, but in the person who occupies the role and his ability to turn defeat into victory.

El neozarismo de Vladimir Putin, se concentra entorno a una oligarquía plutocrática de ex-miembros del KGB y en un control de los resortes del Estado con rasgos autoritarios, reforzando su autoridad mediante la involucración de Rusia en sucesivos conflictos armados. El debate sobre lo sucedido hace cien años tiene ecos en la realidad del presente: el crecimiento de comienzo del siglo XXI ha permitido la creación de una clase media urbana, como sucediera en el comienzo del siglo XX. Un clase media que también está marginada por el Kremlin, como hace un siglo. El reto de la transformación de Rusia en un Estado moderno sigue siendo tan perentoria hoy como entonces. Los problemas de legitimidad del poder y la sucesión del poder vuelven a estar en la picota de los asuntos políticos rusos. Esta clase media espera que haya un cambio pacífico o turno en el gobierno que permita ver reflejados sus intereses, pero no queda claro cómo habrá de sucederse el mando en una Rusia crecientemente autoritaria, con problemas económicos surgidos de la bajada del precio de los hidrocarburos.

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