Crónicas sobre la epidemia de cólera morbus y la rebelión de la montaña en el Estado de Guatemala (1837-1838)

Roberto Dardón

Roberto Dardón

Por el Arq. Roberto Dardón,

estudiante de la

M.A. en Historia.

 

« […] ¡Quien les dijera a los tales/ ¡Que todo aquello es, quimera!/Que suerte tan lastimera/ ¡Pobre nuestra Guatemala!/ ¡Otro Estado, no le iguala!/ ¡En desventuras y atrasos!/ ¡Quieren hacernos pedazos!/Nuestros mismos compatriotas! / […] De una sociedad, tan vasta/ En el día, ya no gasta /Ninguna delicadeza! / Todo lo quiere hacer preza [sic]/ De su miserable codicia/ ¿Dónde hallaremos justicia?/ ¿Qué tribunal nos oirá […]»

 (E. Samayoa, Ensalada, mal picada y algo peor condimentada, agosto de 1838)

Crónicas sobre la epidemia de cólera morbus y la rebelión de la montaña en el Estado de Guatemala (1837-1838)

Crónicas sobre la epidemia de cólera morbus y la rebelión de la montaña en el Estado de Guatemala (1837-1838)

 

      El músico chapín —adjetivo que por aquellos días se entendía como vecino originario de la Nueva Guatemala de la Asunción— fue testigo de la compleja transición entre el ocaso del poderío español en el Reino de Guatemala a partir de 1812,  pasando por uno de los episodios bélicos del experimento federativo en 1829 hasta la consolidación de la «revuelta de la montaña» contra el Estado de Guatemala alrededor de 1837 y 1838. Como documento testimonial del período aquí descrito, sus escritos constituyen un retrato legítimo de alto valor; puesto que han surgido de un personaje —que sin ser aparentemente de noble cuna—, contaba con la suficiente formación académica para dar cuenta de diversos acontecimientos bajo enfoques relativamente objetivos.       as memorias que el compositor, escritor, violonchelista, director sinfonista y maestro de capilla guatemalteco José Eulalio Samayoa (c.1761-c.1866) plasmó en su momento nos muestra algo de la visión general de un personaje relativamente conocido de la sociedad guatemalteca durante la primera mitad del siglo XIX.  Estos relatos narran eventos significativos que —sin lugar a dudas— tendrían alguna importancia para su autor, ofrecen una visión única de un  personaje apolítico sobre una época convulsa y en extremo polarizada de nuestra historia nacional.  

c.1830 - entrada ciudad por 5a calle sur

1.- Panorámica de la Nueva Guatemala hacia 1830, desde la colina de Buenavista en su ingreso por el camino real de la Libertad, hoy Av. Bolivár. Fuente: Bonilla Pivaral, H. & Luján Muñoz, J. «Urbanismo», Historia General de Guatemala, tomo III (1998), pp. 633-639.

  Su claro deseo de consignar todo aquello de trascendental —tanto en prosa o la lirica— mediante una suerte de diario personal y discontinuo. Motivado por sus propias experiencias como testigo ocular o compilador de noticas llegadas a su escritorio —por medio de fuentes de primera mano—; han abierto al académico estudioso del período republicano una nueva ventana al entendimiento un ciclo histórico ampliamente documentado pero poco comprendido y conocido de la historia del siglo XIX en Guatemala. Aun con su faceta como escritor y cronista, su meritos mas grandes se dieron en el campo de la interpretación y composición de música nacional; pues de él se le recuerdan —gracias al rescate de su figura—, las primeras composiciones de música sinfónica del continente americano.

eulalio-samayoa

2.- Retrato filatélico e idealizado de José Eulalio Samayoa (c.1781- c.1866), elaborado por Enrique Andreu Díaz (1986). Fuente: Luján Muñoz. J. (ed.), (2010) «Notas, recuerdos y memorias», Academia de Geografía e Historia de Guatemala, Guat.ª, C.A.: —solapa de la portada—

       Entre sus varias «Notas, apuntes y recuerdos» (AGHA, 2010) van desarrollándose los momentos históricos decisivos en la primera mitad del ciclo decimonónico guatemalteco. Desde 1812 hasta 1838—toda una generación—se narran tanto en primera persona como en infinitivo varios sucesos importantes,  de los cuales se fragmenta el relato compilado en tres secciones, quedando mejor registrado el último que abarcó los años de la guerra civil del estado. Esta etapa en particular correspondió a los últimos años de federalismo centroamericano, la expansión de la epidemia del cólera morbus en el estado guatemalense y el levantamiento de los montañeses del distrito de Mita, en lo que hoy se conforman buena parte de los actuales departamentos de Santa Rosa, Jalapa, Jutiapa y El Progreso.

Sobre las descripciones contemporáneas a esta calamidad hay algunos detalles interesantes ya conocidos como que la peste antes descrita —que por aquellos años era ya era un mal endémico en todo el mundo— se propagó principalmente el puerto fluvial de Gualán.  Este importante punto estaba situado en aquel entonces dentro del Corregimiento de Chiquimula de la Sierra. Al mismo llegaban generalmente las embarcaciones que ingresaban a nuestro país desde el mar Caribe, cuando el rio Motagua era aun navegable. Se hace algún recuento sobre las medidas pertinentes tanto por parte de las autoridades ediles como el protomedicato —entidad responsable tanto de las cátedras médicas como de la sanidad pública—.

Estos anunciaban y publicaban métodos preventivos y curativos que pudieran palear de alguna forma la gravedad endémica entre los vecinos, con énfasis especial en la gente humilde, segmento de la población especialmente vulnerable. También se instaba al que los gobiernos ediles destinaran fondos de las cajas de ahorro para así obtener el recurso monetario necesario para asistir las labores de prevención y tratamiento sanitario, en un periodo donde la recaudación fiscal había caído casi por completo.  

D.C. Mariano Galvez.

3.- Retrato en grabado de Mariano Gálvez (1790-1862), jefe del Estado de Guatemala (1831-1838). Fuente: Montufar.L, «Reseña Histórica de Centroamérica». tomo I, (1878), c. de Guat.ª, C.A.:Tipografía «El Progreso»,

Para que el proceso —según la narración de Samayoa— se llevara a cabo, varios jefes del Estado de forma sucesiva, Mariano Gálvez, Carlos Salazar y Mariano Rivera Paz, ordenaron y fomentaron el establecimiento de la Junta de Sanidad, que coordinaba todas las acciones y corporaciones antes descritas.  Para tal efecto, se habilitaron cuatro lazaretos  —u hospitales— provistos de infraestructura, equipo y personal requerido que pudiera atender a los enfermos. También se le ordenó a la municipalidad capitalina la organización de un cuerpo de policía, acantonados en los cuatro cuarteles de la ciudad para asistir en las labores de conducción de los convalecientes y menesterosos para ser inmediatamente internados en los nosocomios. La policía también tenía la obligación de retirar los cadáveres fuera de las casas, de tal forma que pudiera evitarse el contagio entre los vecinos aun vivos y sanos.

4.- Retrato de pintura de Mariano Rivera y Paz (1804-1849), último jefe del estado federal de Guatemala (1839-1844). Fuente: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Mariano_Rivera_Paz.jpg, consultada el dia 26 de octubre de 2014.

4.- Retrato de pintura de Mariano Rivera y Paz (1804-1849), último jefe del estado federal de Guatemala (1839-1844). Fuente: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Mariano_Rivera_Paz.jpg, consultada el dia 26 de octubre de 2014.

Un comentario fascinante de Samayoa—quien era un convencido liberal— fue la encomiable labor por parte del clero eclesiástico para ayudar en los esfuerzos de la comisión sanitaria del estado. De acuerdo a la exhortación emitida por el vicario general de la iglesia Catedral, —quien administraba los asuntos administrativos de la iglesia en Guatemala desde a la expulsión del arzobispo Ramón Casaus y Torres en 1829—, todos los miembros del clero, fueran seculares o regulares,  debían prestar su servicios para socorrer a los contagiados y cumplir así con el precepto teológico de caridad cristiana, en conjunto con el personal sanitario del Estado.

Samayoa cuenta sobre el entusiasmo para ayudar a las victimas estaba muy presente en muchos elementos de las órdenes religiosas. El espíritu altruista hacia quienes no podían valerse por sí mismos fue un fenómeno que se vivió a plenitud en la ciudad capital. Muchos fueron los que por auxiliar a los convalecientes entregaron su vida al verse contagiados por la bacteria. Aun cuando los síntomas de la peste y su virulencia dejaba una profunda impresión entre los religiosos, no se descontinuó la labor de asistencia. El objetivo seguía siendo el mismo tanto para la Junta de Sanidad como para el clero en general: salvar la mayor cantidad de vidas posibles. Por esto Samayoa expresa su admiración tanto por los religiosos más valientes; así como duras críticas hacia los «mas cobardes»—, quienes se amedrentados por el aumento de víctimas reusaban salir de sus conventos. Estos últimos que no parecían guardar el mismo celo benevolente, en su defecto debían participar en las diariamente en las misas celebradas en los templos. De acuerdo a los estatutos canónicos dichos actos estaban prescritos para los tiempos de peste.

Otro de los hábitos registrados en estos apuntes era que si los sacerdotes se mantenían en la vía pública, debían cargar ampollas —o recipientes de vidrio— llenas de aceite perfumado (al que se le atribuían propiedades curativas y místicas). Con esta ampolla de «santos oleos», los curas estarían siempre prestos a auxiliar a quien lo solicitara durante los momentos más inesperados. Una medida decretada —de tipo psicológica— por la autoridad civil fue la prohibición de hacer sonar las campanas de las iglesias; de tal forma que los vecinos no se sintieran acongojados ni cundiera el pánico. Es oportuno mencionar que en aquellos tiempos —aparte del llamado de la oración—, la función de estos instrumentos era anunciar toda clase de eventos, entre los cuales se agregaba la defunción de algún vecino. Los hechos aquí referidos ocurrieron durante el mes de marzo de 1837.

Hacia mediados del mismo año, durante los meses de julio y agosto, uno de los efectos colaterales que el cólera morbus trajo a Guatemala fue de considerable magnitud, principalmente a los residentes del área rural. Por el desconocimiento en el origen infeccioso de las enfermedades y el fanatismo de algunos miembros del clero rural se dieron numerosos conatos de levantamientos en toda la parte oriental del Estado de Guatemala contra el gobierno liberal.  Quienes capitalizaron el malestar general se agruparon alrededor de bandas de guerrilleros denominados como «los facciosos de Carrera». Entre la algarabía que los líderes comunitarios inyectaron a sus seguidores corrieron rumores que responsabilizaban de todas estas calamidades a los extranjeros residentes en la ciudad capital. En aquel entonces los únicos ciudadanos foráneos que había en Guatemala eran los diplomáticos y representantes de casas comerciales británicas, americanas y alguno que otro emprendedor europeo. Estos individuos se convirtieron en el chivo expiatorio para ser señalados de propagar la enfermedad, cuyo supuesto fin era el de apropiarse de mas tierras, en alusión a las que habían sido otorgadas para su explotación, sobre todo en el descampado distrito de Verapaz.

Esta rebelión se inició en marzo de 1837 en el valle de Santa Rosa y rápidamente se extendió por todo el Oriente guatemalteco, abarcando incluso regiones del norte que con el tiempo llegaron a inmediaciones de la Antigua Guatemala así como de la ciudad capital. En sus primeros momentos dichas acciones no tuvieron éxito pues las tropas estatales lograron contenerlas, gracias en mayor medida a que contaban con mejor armamento. Pero aun con este ambiente de inseguridad en las rutas de comercio, Eulalio Samayoa puntualiza el peligroso relajamiento que las autoridades de gobierno mostraron frente a los facciosos; pues da a entender que en el fondo no tienen intenciones explicitas de acabar con la rebelión sino más bien entablar negociaciones con sus líderes.  

También se advierte el nivel de polarización política entre las dos facciones liberales: los moderados (entre los que se sumaban varios conservadores) y los radicales de la facción de los «fiebres». El entorno político reflejaba ciertas maniobras efectuadas por individuos —como Juan Francisco Barrundia y Pedro Molina— dentro de las instituciones del estado. En su desesperación por consolidar su poder localista —pues su bastión era la vieja capital santiaguense—,  intentaron tomar partido a favor de la revuelta. El motivo de este pragmatismo fue la aparente impotencia del gobierno estatal frente al joven caudillo de los «cachurecos», José Rafael Carrera Turcios.        

5.- Retrato en grabado de Jose Rafael Carrera Turcios (1814-1865), primer presidente de la República de Guatemala. Fuente: Arzú I., Á., Ordóñez J., R. & Prado C., A., (2010) «Escritos políticos de Manuel Cobos Batres», 1.ª edición, c. de Guat.ª: Editorial Artemis & Edinter, p. 314

5.- Retrato en grabado de Jose Rafael Carrera Turcios (1814-1865), primer presidente de la República de Guatemala. Fuente: Arzú I., Á., Ordóñez J., R. & Prado C., A., (2010) «Escritos políticos de Manuel Cobos Batres», 1.ª edición, c. de Guat.ª: Editorial Artemis & Edinter, p. 314

En este contexto, el ex maestro de capilla de templo cardenalicio refiere sobre los atropellos que ciertos mandos medios del ejército federal tenía frente a sus subalternos —cuyos nombres fueron omitidos, quizás por razones de seguridad personal—. Los abusos y malos manejos de las soldaderas crearon el inevitable malestar entre las tropas, misma a las que describe en condiciones miserables. A partir de este momento Samayoa cambia su narración en prosa y pasa al verso rimado. Por momentos aborda en su narrativa lírica los mismos sucesos históricos pero ahora en forma festiva, incisiva y en alguno que otro caso hasta con tono mordaz.  Los mismos procedimientos arbitrarios y abusivos que describían las actitudes de los jefes militares frente a sus soldados, en estos versos los mismos se aprovechaban de su posición de hombres armados para apropiarse de la propiedad ajena en las haciendas y rancherías desperdigadas por el campo. En estas estrofas el escritor narra con amargura el descaro con que los caudillos reclamar en las comandancias de la ciudad capital el pago de sus servicios por acciones que ellos mismos esgrimían como «patrióticas y encomiables.»

En las mismas rimas, también se acusa a los mismos cabecillas de tropa de varios delitos,  tales como disponer a discreción de los sueldos asignados a los soldados; que mal vestidos y equipados debían aguardar hasta la época de las cosechas —en parcelas de su propiedad o arrendadas— para obtener ingresos.  Mientras los milicianos pasaban toda clase de penas, los jefes de mando despilfarraban dineros ajenos en el juego, licor y prostitutas, aprovechando la rampante anarquía en el manejo de los exiguos recursos fiscales. Incluso en ese panorama surrealista, exigían con amenazas a los amedrentados funcionarios que les fuera reconocido —nuevamente—sus servicios con gloria, esplendor y remuneración. La paradoja de estos relatos pone en evidencia los pretextos —fuera por cobardía o por carecer de sentido del deber—incurridos por los líderes militares para enfrentar a las guerrillas carreristas dentro de su propio terreno: la región circundante de Mataquesquintla.

Por último, Samayoa nos comunica sobre la indolencia e indiferencia de muchos individuos pertenecientes a ciertos estratos sociales; quienes sumergidos en su propia vida familiar y cultural, no prestan la debida atención a su volátil y belicoso entorno. Estos personajes —a los que el músico menciona bajo sus propios juicios de valor—, se encerraban en sus rutinas académicas y artísticas; a los cuales señalaba como «hijos de nobles y engreídos aristócratas». Descritos como «gente ociosa y vividora» solían evadir la conscripción militar mediante un pago especial, y por esa razón el autor considero que «carecían del valor necesario para ir al campo de batalla.» Por esta razón, los llamó «cobardes», siendo desde su perspectiva incomprensible que tal clase de personas tuvieran en sus venas la «misma sangre de los conquistadores.»

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 Fuente bibliográfica:  

Samayoa, José Eulalio, Notas, recuerdos y memorias (2010) Editorial de la Academia de Geografía e Historia —Publicación especial No. 46—, 1.ª Edición. Ciudad de Guatemala, Guat.ª, C.A.

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