El Valle de Jilotepeque en la “Recordación Florida”, por R. Dardón

El Valle de Jilotepeque en la Recordación Florida

El Valle de Jilotepeque en la Recordación Florida

Descripción del valle de Jilotepeque y algunas notas generales sobre sus actividades económicas, culturales a finales del siglo XVII, según la Recordación Florida.

Roberto Dardón

Roberto Dardón

Por Roberto Dardón,

tesinando de nuestra maestría en historia

 

Invocando a la clemencia y deseo de atención por parte de Su Majestad Católica don Carlos II—el último de los Austria—, el benemérito don Francisco Antonio Fuentes y Guzmán (1643-c.1700), hacendado acaudalado y comerciante criollo guatemalense, quien fungió como regidor perpetuo de la ciudad de Santiago de Guatemala —a partir de su mayoría de edad en 1660—, nos llama a la reflexión en su crónica La Recordación Florida, entre otros temas, sobre lo retirado y sereno del valle de Jilotepeque.

«Construcción de la Iglesia Catedral de Santiago de Guatemala» (c.1678) Fuente: Chinchilla Aguilar, E. Historia del Arte en Guatemala (2002) Editorial del Museo Popol Vuh - UFM, p. 77. (Pintura de Antonio Ramírez Montúfar y fotografía de Rolando Rosito)

«Construcción de la Iglesia Catedral de Santiago de Guatemala» (c.1678)
Fuente: Chinchilla Aguilar, E. Historia del Arte en Guatemala (2002) Editorial del Museo Popol Vuh – UFM, p. 77. (Pintura de Antonio Ramírez Montúfar y fotografía de Rolando Rosito)

 

Este pintoresco sitio formaba parte de la jurisdicción del Corregimiento del Valle de Guatemala (que en la actualidad su extensión se aproxima a los departamentos de Guatemala, Sacatepéquez y Chimaltenango); cuya situación geografía —protestaba el aspirante a cronista de la capital—, se encontraba fuera de las rutas comerciales de la época, lo que dificultaba la exportación de sus productos agrícolas, aunque el motivo que asumiera fuera la indolencia misma de sus habitantes.

Puntualiza de lo beneficioso —es decir lo productivo— y maravilloso del valle, con una aparentemente fertilidad de sus suelos, con la aparente paradoja de encontrarse en una región de tierras altas, cuyo clima fuera relativamente frio en contraste a la calidez de otras comarcas igualmente fructíferas. En esta dicotomía natural tan comentada por el autor, nos da a entender que «es tan fértil y alegre el valle que puede producir prácticamente cualquier producto del país», desde «trigos, duraznos, oliva y todo aquello que es propio y natural de tierra fría, como también en el propio territorio cañas de azúcar, cacao y juntamente con feracidad otras innumerables frutas de la tierra caliente.» Con un estilo cargado de presuntuosa y agotadora retórica al más puro estilo del gongorismo, en Fuentes y Guzmán la lectura dificulta un tanto la conclusión de sus puntos expuestos a los que él mismo desea hacer referencia. No obstante a esta limitante, el documento hace una descripción pormenorizada sobre las formas geográficas y climatológicas sobre el sitio, donde se contrasta lo alegre de las hondonadas, respecto a lo inhóspito de sus caminos a través de las montañas.

2.- «Plano del Corregimiento del Valle de Guatemala, con sus ejidos y pueblos tributarios.» (s. XVII)  Fuente: Asociación de Amigos del País, Enciclopedia General de Guatemala (1998) Tomo III.

2.- «Plano del Corregimiento del Valle de Guatemala, con sus ejidos y pueblos tributarios.» (s. XVII)
Fuente: Asociación de Amigos del País, Enciclopedia General de Guatemala (1998) Tomo III.

En este pasaje hace alusión de algunos yacimientos de plata en apariencia de baja calidad, — opinión que deja entrever poca explotación de los mismos—; aunque confiando en que si se profundiza su explotación, pueda encontrarse una veta argentífera más generosa. En este párrafo llama la atención sobre el interés que los criollos acomodados daban a la existencia de minerales preciosos en la zona, donde incluso se estimaba pudiera extenderse a la región montañosa de Ayampug (sic) —hoy el municipio de San Pedro Ayampuc—, adyacente con Jilotepeque. Este deseo de encontrar bienes minerales era parte de los postulados mercantilistas en boga durante este periodo de tiempo.

Sin embargo, la actividad minera no era apreciada —de acuerdo al autor— como vocación económica desde la perspectiva general de sus habitantes, siendo en consecuencia la agricultura la principal fuente de ingresos, que les producía suficiente renta para vivir cómodamente. A su vez también se hablaba de la presencia de diversas piedras semipreciosas en las serranías, puesto que enumera las posibles aplicaciones que pudieran hacérsele una vez extraídas de su veta natural.

Pero nuevamente leemos la angustia del autor ante la falta de artesanos capacitados para trabajarlas, para que pudiera transformarlas en algún bien utilitario. No obstante la vocación agrícola del valle, la otra actividad que sobrepasa a esta es las labores pecuarias, cuya vigencia se debe a las numerosas estancias o haciendas de ganado mayor que —según parece—, eran de crianza de ganado sin cerco.

Otro dato interesante es el recelo que tiene el escritor criollo sobre el éxito comercial de los súbditos naturales —indígenas de la región— en la producción de caña de azúcar y sus derivados. A causa de la gran cantidad de trapiches que hay en el valle se logra entender que este tipo de industrias de las comunidades cakchiqueles era sumamente prósperas. El testimonio del regidor perpetuo menciona que producían en cantidades ingentes tanto subproducto sacarífero que ocasionaban la lógica disminución de precios por la manufactura «del azúcar, miel y otros géneros que se fabrican». Este fenómeno se convirtió en la peor competencia para los ingenios azucareros de españoles, cuyos costos de trabajo estimó el descendiente de Bernal Díaz del Castillo en cientos de miles de pesos.

Haciendo un análisis un tanto profundo y razonable, el autor relata que la fabricación de la caña de azúcar y sus derivados —miel y rapadura— se destinaban principalmente a la producción de aguardiente y demás bebidas alcohólicas, mismas que «ocasionaban estragos en la humanidad de los súbditos nativos de Su Majestad». La observación tiene relevancia desde el punto de vista sanitario, puesto que ocasiona estados de desbarajuste en el decoro social esperado por parte de ambos sexos, respecto a las «prácticas de deleite sexual». Al ser «la chicha un producto alcohólico, nubla la razón de las personas, haciendo que sus impulsos los lleven a cometer actos de infidelidad, incesto y pederastia.»

Como testigo de estos relatos, al fungir como juez en casos de su jurisdicción, —paralelo a su labor como encomendero de estas partes—, Fuentes y Guzmán nos ofrece relatos de los misioneros dominicos que viven en las comunidades de campesinos aludidos. Los curas doctrineros hicieron llegar las protestas pertinentes a los obispos, a razón de la falta de autoridad y orden público, tanto del gobierno monárquico en esos parajes desolados. Su indiferencia propiciaba las faltas morales ya enumeradas anteriormente. Debido a estos testimonios, la Real Audiencia, ordenó confiscar y clausurar el servicio de trapiches para evitar la propagación de los males del alcohol entre los súbditos naturales de Su Majestad.

Perteneciente a esta jurisdicción el viejo cronista nos comenta también, que en las tierras de la hacienda de don Luis de la Roca sobre una mesa —o planicie elevada—utilizada como pastizales de sus rebaños, se encontraban erguidas algunas edificaciones y ruinas de una antigua ciudad hecha por los antepasados de los nativos, sitio al que se le denomina «Los Cimientos». Este paraje verde y yermo no es otro más que la antigua fortaleza de «Mixco Viejo», renombrado a posteriori como Jilotepeque Viejo. El cronista guatemalense suponía que el recinto era el antiguo asentamiento de los ancestros de los indios tributarios de la villa de Santo Domingo de Mixco. Las construcciones encontradas en el paraje aquí descrito eran ya estructuras derruidas, pero aun logró ver en su tiempo detalles arquitectónicos interesantes, haciendo la comparación con los cánones mayenses clásicos sobre construcción y decoración de los que pudo tener conocimiento.

De este mismo pasaje se desprende también una descripción un tanto confusa, bizarra y macabra sobre un sistema de cuevas debajo del sitio, su recorrido, algunas nociones de su estructura geológica. En el mismo se habla de los caminos existentes dentro de las mismas, habilitadas por medio de gradas y descansos que facilitaban el acceso al lugar, usados no solo como vías de circulación de los defensores del castillo durante la guerra contra los castellanos —unos ciento cincuenta años antes de su descripción—. También, según referencias que el cronista pudo constatar de algunas personas ancianas y residentes —tanto de naturales como de las castas y algunos blancos—, en los oscuros rincones de las cavernas se desprendieron algunos relatos sobre los espeluznantes ritos que involucraban actos de infanticidio practicados desde antaño de manera apócrifa.

Por último el autor elogia las habilidades manufactureras de los tributarios indígenas, cuyo uso de la piedra de obsidiana les permitía, según los ejemplares que conocía, realizar cualquier clase de trabajo de cantería y minería. Siendo testigo presencial de cómo los obreros empleaban estas herramientas en las minas a su cargo —de las cuales ignoramos cual metal se extraía—, estos extraían un metal no mencionado, del que se deduce —por el destino que se le daba a la materia prima en la fabricación de campanas—, podría tratarse de cobre o estaño, exaltando sus propiedades finales de tesitura sonora de las piezas y la dureza del material amalgamado.

Fuente bibliográfica: Fuentes y Guzmán, D. Francisco Antonio de, Historia de Guatemala: O Recordación florida, discurso histórico, natural, militar y político del reino de Goatemala (1883), Tomo II, Editor Luis Navarro, Madrid – España, págs. 99-106.

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